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Folklórico, el adjetivo y sus arrugas.
Walter Paz Quispe Santos
Ayarachis
Somos hechura de las palabras, creación de sus significados y sentidos. Así por ejemplo, Nebrija nos llamó “indios” en su diccionario que refería a los primeros americanismos. Y fuimos “indios” creados como sucios, infrahumanos y antropófagos. Así nos vieron los primeros colonizadores. Toda la extensa cronística que refiere a los pobladores connota esa ideología. Sin duda una expresión peyorativa para los “salvajes” de culturas inferiores. Luego se modalizó el discurso, ya no fuimos “indios” sino “indígenas”. La etnología y la antropología habían evolucionado un tanto. Esta ristra de especialistas tiene hasta ahora su paquete de “indígenas” interpretados. Y en esa penosa interpretación aparece otra palabra desdeñosa: folklore. Y somos folklóricos hasta que no superemos la idea de que pertenecemos a culturas inferiores.
El término fue propuesto en 1846 por el arqueólogo británico William John Thoms en un artículo de la revista inglesa Athenaeum, para denominar los «tesoros de la literatura popular, tales como historias, cuentos, mitos y proverbios». Apareció por primera vez en el diccionario de la Academia en 1925 con la grafía folklore, y solo en 1970 se adoptó la forma actual folclore. La ideología que subyacía estaba clara, era para interpretar las prácticas populares de los salvajes.
Para los que gustan de la lexicología y la historia que viven las palabras, se trata de una palabra compuesta formada por el vocablo germánico prehistórico folkam 'pueblo', 'gente' y la forma verbal del inglés arcaico lore 'aprender'. De la antiquísima folkam se derivaron el alemán moderno Volk 'pueblo', presente en Volkswagen 'vehículo del pueblo', y el danés y sueco folk. Se cree que estas palabras están vinculadas a la base indoeuropea pel- 'llenar', de la cual también habría surgido el latín populus, origen del vocablo español pueblo así como del inglés people. Lore, la forma arcaica del verbo inglés learn 'aprender', se derivó de la base indoeuropea leis- 'sendero', 'camino', que lleva implícita, según muchos lingüistas, la noción de "ganar experiencia siguiendo un camino".
Pero dejemos de momento, los orígenes de la palabra. Lo que interesa es que todos asumimos las parentescos del significado. Asumimos por muchos años la idea de la existencia de culturas superiores e inferiores. Así fuimos folclóricos y aún muchos se reclaman folclóricos, como muchos conjuntos que danzan en la festividad de Virgen de la Candelaria, los hay periodistas folclóricos que hacen comunicación radial, televisiva y de medios escritos. Hasta la institución que patrocina las danzas “autóctonas” y de “trajes de luces” como es la Federación de Cultura y “Folklore” que al parecer no tiene tiempo para reflexionar sobre las arrugas de la expresión, se reclaman folclóricos. Así las extensiones de la palabra alcanzan a muchas actividades. “Señorita Folklore”, “Danzas Folklóricas”, “Capital folklórica”, etc.
Nuestro ilustre escritor José María Arguedas conocía de las connotaciones negativas de la palabra “folklor” y por eso sugirió como una forma de reivindicarnos escribir la misma con la inicial en mayúsculas: Folklore. Aun así, hoy esas reflexiones no han resistido al tiempo. Porque cuando uno revisa los manuales y estudios de antropología sobre todo en países occidentales las interpretaciones siguen siendo las mismas: expresión de las culturas “inferiores” de Latinoamérica.
Es hora de empezar a deconstruir la palabra. Como lo dice Derridá, cada palabra tiene su tiempo. Sólo un breve tiempo, no hay eternidad en las palabras. O bien para fortalecer la autoestima o para encarcelarnos en sus simbolizados significados negativos. Una forma de hacerlo, es como ya lo han hecho muchos países donde el esplendor de las danzas y la música son extraordinarios. Sencillamente han desterrado de su léxico común la palabra folklore por sus denegaciones y las consecuencias para el desarrollo cultural.
La UNESCO a través del Centro Regional para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial de América Latina (CRESPIAL)*, ha reemplazado esta palabra negativa por una expresión más amable. Sugiere en todas sus reflexiones el empleo de Patrimonio Oral Inmaterial Intangible para designar a las danzas, música, literatura oral, entre otras expresiones aimaras, quechuas, andinas, amazónicas y otros. Para ellos el proceso de elaboración de políticas culturales orientadas a la Salvaguardia de las expresiones culturales, tiene un punto de inflexión en nuestros países con la adhesión a la Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Inmaterial de la UNESCO, promulgada el año 2003. Hacia los inicios de la segunda década del siglo XXI, la Convención va logrando una progresiva madurez en América Latina, al haberse generado una legislación y una institucionalidad cultural que orienta su aplicación en cada país, y un conjunto de profesionales y gestores que implementan, analizan y discuten la pertinencia de las acciones de Salvaguardia.
Si queremos que la Festividad de la Candelaria sea declarada Patrimonio Inmaterial Intangible de la Humanidad (aunque de por sí ya lo es), debemos dejar de ser folklóricos y folklorizantes y vivir la intensidad y autenticidad de nuestras danzas patrimoniales. En ese marco nuestra Federación debería cambiar de denominación, ser una Federación de la cultura y la danza andina, o una federación del patrimonio oral inmaterial intangible de la danza y música puneña. Esto exige creatividad y una decisión para emplear una denominación a la altura de las reflexiones del tiempo actual.
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* Los invito a revisar todas las reflexiones de CRESPIAL de la UNESCO y verán que hace tiempo la palabra FOLKLORE ya fue borrado de sus denominaciones. Visitar http://www.crespial.org/ y tendrán mejores luces. CRESPIAL - Centro Regional para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial de América Latina.
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